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    9 de Marzo: Una habitación propia y un poco de autocrítica.

    Ilustración de Lúa Solaz

    Hay debates que se discuten en privado, a veces por miedo y otras veces por integridad. Pero eso no significa que no existan sino más bien todo lo contrario.

    Es costumbre ya poner en entredicho todo lo que hacen las mujeres. Y no seriamos honestas si no admitiéramos que hasta nosotras mismas juzgamos a nuestras iguales con más severidad que al resto. Esta autoexigencia colectiva entre mujeres la explican muy bien Isa Calderón y Lucia Lijtmaer en su podcast Deforme Semanal Ideal Total (altamente recomendado, por no decir obligatorio): Normalmente nos queremos más entre nosotras y es por esa misma razón por la que esperamos más de nuestra madre que de nuestro padre, de nuestra amiga que de nuestro amigo. Pero este amor que nos tenemos se convierte a menudo en un arma de doble filo, todos sabemos que del amor al odio sólo hay un paso. O por lo menos así será hasta que aprendamos a querernos mejor.

    A sabiendas de que el patriarcado y sus vástagos esperan el momento justo para saltar a la yugular del movimiento feminista tratamos de ser más cautas que nunca e intentamos constantemente cubrir con cualquier armadura argumentativa nuestro talón de Aquiles.  A la ya insoportable mochila de presiones y juicios que la sociedad nos carga a diario tenemos que añadir las piedras de la autoexigencia y la culpa.  Lo cierto es que la industria de la música es especialmente dura con nosotras y es por eso que entre compañeras intentamos tejer redes de solidaridad y de cuidados, porque ya bastante tenemos si lidiamos con el hecho de estar constantemente en el centro de la diana.  Sin embargo, esto no debería eximirnos de la autocrítica, que es muy distinta a la autoexigencia.

    Si bien en términos generales se van notando algunos esfuerzos por combatir la brecha de genero dentro de la industria musical y cultural, la hiriente verdad es que avanzamos a pasos de tortuga y, lo que es peor, en la dirección equivocada. No es sólo que apenas hay presencia femenina en los escenarios y en los puestos técnicos de trabajo, es que las que hay son en su gran mayoría mujeres estrictamente heteronormativas. Puede haber mujeres, sí, pero que no sean gordas ni feas, que no sean negras ni de cualquier otro color, que no sean transexuales, que tengan menos de treinta años y sobre todo que no nos toquen los cojones.  Esta situación genera una cierta tensión entre las mujeres del gremio que se encuentran marginadas debido a estos cánones imperantes en la industria y en el mundo, porque al mismo tiempo que se sienten descontentas con el panorama no quieren señalar a sus compañeras.

    Es doloroso para todas -al menos para las que tenemos consciencia feminista- ver cómo, cada vez más, las artistas se suben al carro del purplewashing y se ensalzan como grandes referentes del feminismo moderno al mismo tiempo que reproducen dinámicas machistas al más puro estilo heteropatriarcal. La constante búsqueda de aceptación masculina mediante la redundante y trivial sexualización de nuestros cuerpos, la superficial apología a la juventud como el único tesoro divino, las letras pretenciosas y aleccionadoras sobre una supuesta liberación sexual, mujeres cantando sobre las cosas que hacen o deben hacer las mujeres y un triste etcétera: este el pan nuestro de cada día en las redes y en los videoclips. Y haciendo malabares entre aquello a lo que llaman sororidad, la integridad y la honestidad con una misma, tratamos de hacerlo lo mejor que podemos.

    Por si no fuera suficiente, hay personajes y personajas que han sabido rentabilizar muy bien el feminismo y algunos de sus planteamientos. Y parece que con tal de eximir responsabilidades todo vale en pro del empoderamiento o de los autocuidados, “todo el mundo tiene contradicciones” y otras formas de exaltar el ego y la individualidad. Señoras y señores, asumir contradicciones no es ninguna acción política ni legitima comportamientos deleznables y hipócritas.  Sería una postura mucho más inteligente por nuestra parte la de la introspección, la autocrítica y la de buscar respuestas y soluciones que contribuyan a diluir y no a engrandecer esta maldita brecha de género. De otra forma estamos asistiendo a la capitalización del feminismo y a su consecuente despolitización, estamos cooperando a su alienación mediante esta abstracción constante de las ideas básicas de igualdad e inclusión. En resumen: no nos estamos haciendo ningún favor.

     

    Con tal de arrojar un poco de luz sobre la cuestión me atrevo a recomendar una lectura que puede servirnos como buen punto de partida en el proceso de reflexión. Es complicado poner en palabras estos sentimientos, sobre todo porque siempre nos han hecho creer que se basan en percepciones y no en hechos tangibles o reales, y es muy difícil verbalizar las percepciones. A pesar de eso, Virginia Woolf nos ofrece en tan solo unas pocas páginas un tremendo análisis de la cuestión en Una habitación propia (1929). Esto es lo que decían algunos de sus contemporáneos para referirse a las mujeres compositoras:

    (…) una mujer que compone es como un perro que anda sobre sus patas traseras. No lo hace bien, pero ya sorprende que pueda hacerlo en absoluto.

    históricamente nos hemos visto relegadas a la domesticidad y a la servidumbre, se nos ha negado la profesionalización y la posibilidad de escoger un oficio convirtiendo nuestra existencia en una constante agonía que oscila entre la dependencia y el anhelo de libertad. Así como ya comentaba en un artículo anterior en el que revisamos los orígenes históricos de la brecha de género en la música (https://lagramoladekeith.com/9-de-marzo-3/)

    Uno de los principales pilares que sustenta la brecha entre hombres y mujeres en el mundo de la música es la profesionalización, sólo accesible para ellos. No es que no existieran mujeres que supieran hacer música (esa excusa ya no es válida en pleno apogeo del desarrollo de la Historia de Género) es que las que había estaban relegadas al espacio privado y por tanto no tuvieron la proyección pública que merecían.

    Además, no solo se nos ha invisibilizado, sino que se nos ha juzgado con dureza. Si ya el mundo mostraba indiferencia hacia aquello que hacían los hombres en general, hacia las mujeres se mostraba -y se muestra aún- hostilidad. Condenadas a la pobreza y a la marginalidad, cómo podemos las mujeres dedicarnos a crear obres de arte si tenemos la cabeza llena de mierda, se preguntaba Virginia Woolf en voz alta y, en otras palabras.

    Al final nos vemos envueltas en una espiral de odio y rabia que nos limita a fijar nuestros objetivos en su mundo, en ese mundo creado por y para los hombres. Queremos encajar en él a toda costa, queremos tener derecho a experimentar todas esas emociones y sensaciones que ellos pudieron experimentar y a nosotras nos fueron negadas o por lo menos, queremos tener la posibilidad de escoger si queremos hacerlo o no. Y para caber en ese mundo suyo centramos nuestros esfuerzos, sin querer, en parecernos a ellos. Individualizamos nuestras experiencias y escribimos sobre ellas porque estamos dolidas y rabiosas, sin pensar en el colectivo sino en nosotras mismas. Y aun así nunca nos sentimos a la altura de los grandes referentes, porque como dice Woolf

    Las obras maestras no son realizaciones individuales y solitarias; son el resultado de muchos años de pensamiento común, de modo que a través de la voz individual habla la experiencia de la masa.

    Pero muchas de nosotras no tenemos una habitación propia ni un sueldo fijo que nos permita dar rienda suelta a nuestra creatividad sin tenernos que ocupar de la precariedad y la violencia estructural de un sistema misógino que nos desprecia. Nosotras no somos como ellos y no deberíamos querer serlo.

     Y después de todo nos olvidamos de que en verdad luchábamos por un mundo nuevo y ellos representan ese otro mundo viejo y decadente del que queríamos huir.

    Al final nos olvidamos de que se trataba de abolir privilegios y no de sumarnos a ellos, porque,

    Sería una lástima terrible que las mujeres escribieran como los hombres, o vivieran como los hombres, porque dos sexos son ya pocos, dada la vastedad y la variedad del mundo; ¿cómo nos las arreglaríamos, pues, con uno solo?

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