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viernes, septiembre 17, 2021

Mientras haya músicos como Nacho Vegas, yo no me voy a Marte.

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Con los colores típicos de una película de VHS de los 90 y el último disco de Nacho Vegas como banda sonora he entrado en el otoño más extraño de mi corta vida. Hacía años que no me tumbaba en la cama para dedicarme a la exclusiva y emocionante tarea de escuchar música, sin hacer nada más importante mientras tanto. Y es que el colérico ritmo del capitalismo imperante ha hecho que devaluemos el tiempo y los autocuidados de una forma tan automática que hasta incluso parece natural. Si bien es cierto que el balance pandémico es de todo menos positivo, esta forzosa ralentización de los tiempos da lugar de vez en cuando a algún ratito de calma que sabe a cielo.

“Oro, salitre y carbón” es para Nacho el broche final de una etapa y para sus seguidores una especie de radiografía de sus pensamientos, una biografía en forma de música que oscila entre el mito y la verdad. El título es un verso prestado de la canción “Arriba quemando el sol”, una canción de Violeta Parra incluida en el álbum en forma de versión que Vegas adelantó como single este verano. Un título que es al mismo tiempo, según el artista, un retrato poético de su querida tierra asturiana: la luz dorada, el mar y las minas.

El disco incluye seis canciones inéditas: “Oro, salitre y carbón”, Lyrica, “El ruido y las estrellas”, “El Carmín de la Pola”, “Arriba quemando el sol”Fabulación”. Además de las nuevas canciones encontramos algunas caras B como “Me lo dijo un ángel” (2011) y “Reality” (2014). Por otra parte Nacho nos regala también unas cuantas rarezas como “No me voy a Marte”, la canción que escribió en 2018 para el XX aniversario de Ecologistas en Acción o una canción infantil, Hipopótamu Llambionótamu. El álbum incluye los EP “Cómo hacer crac” (2011) y “Canciones populistas”(2015), y algunos temas en directo como el ya clásico “La pena o la nada”, Brujita o el reciente “La última atrocidad” – con Cristina Martínez de El Columpio Asesino. Y, finalmente, merecen especial mención los temas en asturiano, como la historia de represión franquista que Nacho convirtió en canción bajo el título de “A rexes de la carcel en 2019 o la traducción de una canción ya conocida, “Luz d’Agustu en Xixón (2014).

Muchos se preguntan en qué punto se podrían encontrar un baby boomer y una postmillenial que merodea entre la generación “X” y la “Z“. A menudo he tenido la sensación de ser la persona más joven en los conciertos de Nacho, por no decir casi siempre. Pues bien, ellos vieron caer el Muro de Berlín y el socialismo y nosotros hemos visto caer definitivamente la esperanza de un mundo nuevo. Ellos asistieron al nacimiento de la farsa, el Estado del Bienestar, y nosotros asistimos a la tragedia del último estadio del triunfo capitalista: el salvajismo neoliberal. Nos une la hipersensibilidad y el pesimismo, y al mismo tiempo el deseo vehemente de contribuir a las pequeñas revoluciones, de volcarnos en el pequeño trozo de mundo que ocupa nuestra existencia: “La solidaridad es la ternura de los pueblos” y también de las personas.

La música de Nacho no es solamente una ventana abierta a su consciencia o a su intimidad. Este álbum, a parte de recoger diez años de su carrera musical y sus vivencias personales es también la banda sonora de una década, de la historia más reciente del Estado español: Las consecuencias de una transición fraudulenta, corrupción política, una monarquía que se arrastra como el plomo por salvarse de la ilegitimidad, leyes mordaza, la asfixiante e insostenible unidad de España, reaccionarismo, deshumanización, la desmovilización de la clase obrera y un interminable etcétera.

No tengo muy claro hasta qué punto la música es en sí misma revolucionaria, pero es cuando menos una buena herramienta de transmisión cultural y un medio muy potente para cuestionar el mundo. Así como sentenció la escritora Montserrat Roig, “la cultura és l’opció més revolucionaria a llarg termini“. Por eso es de agradecer que aún haya canciones que remuevan conciencias y que pongan los pelos de punta. En medio de la globalización más voraz y destructiva que nos ha acechado nunca y en una España tozuda y centralista, es como mínimo reconfortante y alentador escuchar canciones en lenguas minoritarias, canciones populares que hablen de los pueblos. Politizar lo personal y humanizar lo político es, a parte de una consigna, una necesidad urgente. Nacho Vegas es un foco de resistencia dentro de una industria musical corrompida y mercantilista, un poco de luz en el abismo de la sobreproducción de una cultura trivial, estética y superflua.

No escogeré mi canción favorita ni haré un absurdo comentario aludiendo a argumentos pretenciosos y estúpidos, como suelen hacer los críticos. Simplemente pediré un deseo: deseo que mientras Nacho tenga algo que decir no deje de hacerlo en forma de música. Por muchos años más.

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Noèlia Sanvictor
Cantante, multiinstrumentista, historiadora y, además, feminista.
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