Compartir

El comentario me llegó a través de un joven comunicador musical, este mismo fin de semana, mientras apurábamos un pitillo a la salida de un concierto: el músico X (a quien no nombraremos por no dejarle en ridículo más allá de lo que ya se ha puesto a sí mismo) le había reprochado a través de un mensaje privado el no haber ido a cubrir un concierto suyo. Ante mi sorpresa, el lógicamente indignado comunicador remató con que no era, ni mucho menos, la primera vez que le pasaba. No creo que haga faltan las valoraciones subjetivas sobre hacer reproches o intentar presionar a alguien que está empezando, con toda la ilusión del mundo, en el mundillo de la comunicación musical, algo que no creo que se intentase con quien ya llevamos unos cuantos años en esto, ni mucho menos con los profesionales más veteranos.

Vamos a dejar de lado el hecho de que es virtualmente imposible dar cobertura a todos y cada uno de los discos, conciertos y demás eventos y saraos que copan la efervescente actualidad musical del día a día de nuestra ciudad. La verdadera cuestión de fondo, en estos tiempos en que la vieja cantinela de “Mamá, quiero ser artista” parece haber alcanzado la categoría de dogma de fe, es la de intentar alcanzar el éxito a cualquier precio. Es lícita la intención de cada cual de querer desarrollar una carrera artística, cualquiera está en su derecho, pero la realidad suele ser un juez implacable cuyo veredicto resulta inapelable más allá de las palmaditas en la espalda de familia, amiguetes y allegados. La clave para conseguir llegar a círculos más amplios consiste, en primera instancia, en presentar una propuesta interesante, bien perfilada y todo lo original que sea posible en unos tiempos en los que parece no haber nada nuevo bajo el sol y el mercado padece de una sobresaturación al borde del colapso. Presentar la fotocopia de una fotocopia de una fotocopia (extiéndase el bucle hasta el infinito), no conseguirá atraer ni por asomo el interés del público ni de, por supuesto, los medios de comunicación. Una vez ya hemos sido capaces de desarrollar esa propuesta, hay que ser conscientes de que el alcance de la misma es posible que no trascienda de ciertos círculos, y eso hay que saber asumirlo. No obstante, hay  un mecanismo que si que puede ayudar a lograr, o por lo menos intentarlo, una mayor difusión: invertir, o bien tiempo, o bien dinero, lo cual nos lleva al punto número dos.

Colgar el evento en Facebook, el disco en bandcamp, y esperar que funcione el boca a boca no siempre sirve, ¡oh, sorpresa!, para llenar la sala. Muchas veces hay que destinar una inversión económica en gastos publicitarios de la que no todo músico dispone, o un tiempo del que tampoco disfrutan todos los grupos al tener que compaginar su hobby, la música, con el empleo que le da de comer. Pretender ser tratado entonces por los medios al nivel de bandas profesionales que si han sido capaces de destinar esos recursos en promoción y difusión demuestra querer vivir en una realidad paralela, y no querer ver la propia. Sí, aquí nos conocemos todos y tratamos de que funcione, en mayor o menos medida, el compañerismo, lo cual no implica que uno no tenga que mostrar el mínimo de profesionalidad que se le debería presuponer en cuanto firma su nombre en una crónica de concierto, crítica de disco, o artículo en general. Puede sonar a Perogrullo pero, visto lo visto, no está de más recordarlo.

Por último, tampoco vendría mal revisar el concepto de éxito en lo tiempos que corren. Componer una obra, sea literaria, musical, cinematográfica, etc., ser capaz de plasmar algo surgido en tu cabeza y darle forma hasta que el resultado es disfrutado por los demás, toda la experiencia que se adquiere durante el proceso para futuras creaciones, la diversión mientras se crea, los contactos y amistades que uno gana, el aprendizaje de todo lo vivido durante el trayecto, el autoconocimiento… todo eso, en sí mismo, ya es un éxito, lo cual parece ser que no todo el mundo ve del mismo modo. Por lo menos, el éxito que depende de uno mismo, el éxito del que como mínimo uno puede disfrutar, ya que todo lo que viene después es algo sobre lo que el creador no tiene control, y que por lo tanto no debería quitarle demasiado el sueño. La pasta va y viene, y aunque parezca mentira, la fama no siempre sirve para llenar la nevera, pero haber logrado crecer como creador y como persona a través de la creación, es algo que no tiene precio, y que a uno no le puede quitar nadie. Que te quiten lo bailao, vaya. Condicionar la experiencia creativa a la mayor o menor difusión y aceptación popular debería hacer preguntarse si dicha experiencia tiene como objetivo subir un ego falto de cariño, o bien tratar de aportar un producto con la entidad propia y un mínimo de interés como para ser valorado en su justa medida. Así que tal vez sea mejor, en lugar de emplear el tiempo en presionar, destinarlo a mejorar las creaciones. A fin de cuentas, si se va al concierto de tal o cual músico en lugar de a otro, por algo será, ¿no creen?

Mariano López Torregrosa

1 COMENTARIO

  1. Completamente de acuerdo. Yo soy periodista musical desde 1993 y he sufrido la misma circunstancia. Los músicos sobre todo los de rock sienten un complejo de inferioridad que les consume. Suficiente exito es crear una obra original como bien dices. El camino del rock & roll es arduo y complicado, y el éxito no se sabe donde está. Ademas, ha veces resulta tedioso e ingrato escuchar mas de lo mismo y encima tener que dar mi opinión. Si un tema es bueno, original y con fuerza, no hay periodista que valga, triunfará por si mismo. El publico está abotargado de la cantidad de propuestas que aparecen cada dia, la mayoria clones.

¡Deja tu opinión!