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Hacía mucho tiempo que no tenía el gusto de asistir a un concierto de un artista internacional y tengo que confesaros que estaba entusiasmada, además de algo nerviosa por no saber con lo que me iba a encontrar. Las expectativas estaban muy altas y tenía dudas de que el joven y lánguido Micah P. Hinson mantuviera mi listón personal inalterable con respecto a él. En numerosas ocasiones sin darnos cuenta idealizamos a nuestros artistas preferidos, ponemos sus canciones una y otra vez hasta la saciedad y es la primera vez, cuando por fin, conseguimos escucharlos en directo cuando o se quedan para siempre con nosotros o como mucho seguiremos escuchando solo sus discos. Tener artistas internacionales en nuestra querida Valencia es un lujazo, doy gracias a que todavía queden salas como 16 Toneladas y que apuesten por arriesgar intentando dar más color musical, aunque por desgracia muchos no aprecien y esto lo comento porque un concierto como el de Micah P. Hinson debería estar con entradas agotadas y una sala a rebosar. Ojo, no me malinterpretéis, no es que nuestros artistas locales o nacionales no tengan la calidad para emocionarme ni que no se merezcan igual que cualquier músico internacional una sala a rebosar de público, por supuesto que no, pero me encanta y creo que es necesario como músico y como público embeber de otras partes del mundo y de otras culturas para sacar jugo a los artistas que nos visitan abriendo nuestros muros, escuchando sin complejos ni estereotipos. Eso es lo que creo que deberíamos hacer y lo que yo intento, aunque luego haya ocasiones en las que por las circunstancias que sean no haya dado el resultado que esperase.

Dicho esto, siento deciros que si esperabais una lista de todas las canciones que interpretó la noche del jueves y de que álbum pertenece cada una y de un montón de detalles musicales no va a ser así, aunque espero no decepcionaros. Y ahora sí, después de esta pequeña introducción, os voy a contar como me sentí en mi primer concierto de uno de los cantautores actuales al cual han clasificado en numerosas ocasiones como “cantautor maldito” entre otras muchas etiquetas que le han sido concedidas.
“Mientras inhalaba el humo de mi cigarrillo esperando que abrieran las puertas, no hacía más que pensar en que me esperaría esa noche. ¿Me gustaría? La total desnudez del concierto incrementaba mi curiosidad. Micah P. Hinson estaría solo con su guitarra frente a todo el público en una sala dónde íbamos a estar todos de pie y sabía por experiencia que en este tipo de conciertos la gente suele distraerse por los fondos mientras beben cerveza y charlan, en ocasiones, sin atender al músico que con valentía se mantiene firme esperando ser apreciado y respetado. Ahí andaba divagando mientras miraba para otro lado, y, sin casi darme cuenta en un ver y no ver apareció Micah P. Hinson con su guitarra en la espalda entrando al local. Al poco rato se abrieron las puertas al público y entramos todos. Poco a poco se fue llenando la sala e inevitablemente pensé en que no está todo perdido. Pedimos una cerveza y me dispuse a observar un poco a toda la gente que mientras también sostenían su bebida, charlaban e imagino debatían sobre el artista que muy pronto iba a aparecer en el escenario. Supongo que observar al público es un hábito ya, mi curiosidad por saber el motivo del porque cada persona asiste a un concierto de un determinado músico y como llegó a sus vidas me resulta intrigante.

La música de fondo que hasta ese momento había estado sonando se cortó y las luces del escenario se encendieron, inmediatamente vimos salir a Micah P. Hinson. Sin mediar ni una palabra cogió su guitarra que hasta entonces había estado tumbada en el escenario encima de una funda, supuse que era otra guitarra de repuesto. No recuerdo exactamente si dijo algo al empezar o no… Pero si lo dijo fue algo muy escueto. Y entonces ocurrió. Su voz desgarradora y profunda se oyó por toda la sala y el silencio fue inmediato. Un silencio atronador, un silencio respetuoso, un silencio que hacía que la sala se convirtiera en un lugar mágico en el que con tan sólo una guitarra y esa voz tan peculiar e inconfundible lograra transportarnos a todos hipnotizándonos desde el primer minuto hasta el final. Y sí, digo hasta el final porque durante todo el concierto no hubo ni un solo murmullo, ni una sola palabra. Solo hubo silencio. Un silencio que fue interrumpido solo por los numerosos aplausos y silbidos de un público completamente entregado entre canción y canción. Fue en ese momento cuando me di cuenta que no importa el lugar donde un músico actúe, si es más o menos adecuado para él es irrelevante, en absoluto, solo es necesario que el público que esté allí realmente haya ido a escuchar el concierto y no haya aparecido por casualidad o porque esté de moda escuchar a ese músico o grupo. Fue una gran lección y una grata sorpresa.

Las canciones sonaban una tras otra, desnudas, tal y como las compuso, desgarradoras. Mi curiosidad incrementaba conforme iba avanzando el concierto al ver como aquel hombre que estaba encima del escenario y que parecía estar algo nervioso (sus pies no dejaban de moverse en pequeños pasitos y su cuerpo a veces se tambaleaba como si tuviese tics constantes) era capaz de transmitir tantas cosas de una forma tan natural y sin esfuerzo alguno. A veces era dolor, un dolor intenso que entristecía tu corazón, otras te reconfortaba con una paz profunda que te calmaba y apaciguaba. Así pasaron casi 45m sin darnos cuenta y de repente dejó su guitarra en el suelo y con un saludo se fue de espaldas al público saliendo del escenario. Todos comenzamos a mirarnos, el público sin saber que pasaba comenzó a vitorear y a llamarlo para que saliera de nuevo. Al cabo de unos minutos salió con la cabeza cabizbaja y fumando con uno de esos artilugios electrónicos. Se paró en medio dándole varias caladas y humeando el escenario mirándonos como observándonos y preguntándose porque estábamos allí esperando a que volviera a salir. Se dirigió al micrófono y comenzó un pequeño dialogo el cual a mi pesar no entendí, pero por lo que me dijeron una frase fue: “Sois unos tipos jodidamente raros“. Sí hay alguien leyendo estas líneas y entendió sus palabras que me envíe un mensaje por favor!

Después de su pequeño discurso dubitativo y pensativo comenzó a dar golpecitos a su guitarra recapitulando supongo las canciones que ya había interpretado y cuál iba a ser su próxima elección para comenzar. Hubo gente que le sugirió alguna y el les contestó aunque creo que de todas ellas, solo una petición fue concedida. Así, reanudó el concierto. En esta parte las canciones no fueron tan seguidas como si no hubiera tenido previsto alargar ese espacio de tiempo, el cual duró poco más de 10m y desapareció de nuevo despidiéndose antes de todos nosotros.

Creo que todos los presentes salimos de aquel concierto con la sensación de que habíamos compartido un momento que se quedará siempre con nosotros, algo que pocos músicos pueden conseguir. ¡Gracias Micah P. Hinson!

Texto: Marián Zorío

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