Compartir

dsc01000-2El público expectante y silencioso, el foso en penumbra y el punteo del violín rasgando la noche. Así comenzó lo que sería un concierto mágico, el final de su gira.

Durante casi tres horas, este hombre menudo, con su melena ensortijada, pantalones ajustados de lentejuelas y chaleco de piel negra realizó un recorrido musical alternando   temas propios con versiones rockeras, flamencas y piezas clásicas, acompañado de una orquesta comprometida y valiente.

Malikian resultó ser todo un personaje, en el mejor sentido de la palabra y así nos lo demostró,  no  sólo por su virtuosismo,   sino por  las  anécdotas, reflexiones sobre la vida con las que enlazaba los temas y su peculiar sentido del humor: sus desavenencias con Boy George, al cual dedicó, por cierto,  uno de los primeros temas del concierto, su descubrimiento del jamón ibérico que le cambió la vida y  su dieta vegetariana, las historias de judíos  y árabes tan delicada e irónicamente  narradas, sus siete años en el foso de la orquesta del Teatro Real, del cual “escapó” para nunca más volver y ver al público de frente e interaccionar con él…

Nadie parecía querer moverse de su sitio, disfrutando de auténticas delicias étnicas, la versión  “Paranoid Android” de Radiohead, el estreno mundial  de la Rapsodia valenciana #3, pasando por “Carmen” de Bizet, el homenaje a Bowie con su “Life on Mars”, el maravilloso vals dedicado a su hijo Kairo, atreviéndose con el rockero “Kashmir” de Led Zeppelin y hasta el  “Zyryab” del maestro Paco de Lucía.

Pero Malikian no sólo venía a tocar sino  a remover nuestras conciencias y nuestros corazones.

Nacido en el Líbano pero de origen armenio, nos recordó dolorosamente el genocidio de su pueblo en 1915, injustamente olvidado durante décadas, con un tema homenaje a todos  los que perecieron en aquella barbarie, entre ellos su propio abuelo, y a todos los refugiados de cualquier época, pero especialmente a los cinco millones de sirios (de los cuales la mitad son niños) que deambulan por Europa, huyendo de la miseria,  buscando un nuevo hogar.

“Pena, penita, pena” de Lola Flores, el “Verano” (tercer movimiento) de Vivaldi y una maravillosa interpretación del Aria de la Suite para orquesta Nº3 de Bach, cerraron una velada memorable.

El alma de su violín desgarrado por los refugiados del mundo nos abrió los ojos y el corazón.

Fotografía y texto: Pilar Muñoz

dsc01026-2

NO HAY COMENTARIOS

¡Deja tu opinión!